viernes, octubre 11, 2019

Nadie salva

 "La ideología de los comerciantes de esclavos se basaba en el principio de que el negro era un no-hombre, que la humanidad se dividía entre hombres y subhombres y que con estos últimos se podía hacer lo que a uno le viniese en gana, y lo mejor: aprovecharse de su trabajo y luego eliminarlos. En las notas y los apuntes de estos comerciantes está expuesta (si bien de forma muy primitiva) toda la ideología ulterior del racismo y totalitarismo, con toda su tesis vertebradora: que el Otro es el enemigo, más aún que es un no-hombre. Toda esta filosofía de desprecio y odio obsesivos, de vileza y salvajismo, antes de inspirar la construcción de Kolymá y Auschwitz hacía siglos que había sido formulada y escrita por los capitanes del Martha y el Progresso, el Mary Ann o el Rainbow, cuando al mirar desde sus cabinas por el ojo de buey hacia los palmerales y las playas incandescentes, aguardaban a bordo de sus barcos, atracados en las islas Sherbro, Kwale o Zanzíbar, el cargamento de turno de esclavos negros."

Ébano, Ryszard Kapuscinski.

domingo, septiembre 29, 2019

1 de #Madio


1
Era muy temprano cuando salí de casa, mamá me había pedido un taxi con el celular de la muchacha. En el aeropuerto me senté lo más alejado que pude de la gente. En caso de urgencia en la terminal 1 podía encerrarme en los baños que están al final del pasillo, entre las paredes de acero del sanitario, e ignorar también los reclamos de la gente que buscaba dejar medio estómago en la Ciudad de México antes de subir al avión. 

Quise comerme un emparedado del  Subway pero me ganó el miedo de que alguien pudiera reconocerme; rehuía las miradas de los jóvenes, en particular de aquellos que llevaban alguna prenda o tenis de skateboarding, cuando huyes crees que todos te están observando, sufres cualquier mirada; era como haber fumado mota por primera vez. Al final compré unas galletas y me senté en la última fila de asientos. Me había rapado la cabeza y llevaba puesto un ridículo sombrero de pescador, una camisa de mi padre y un pantalón de mezclilla que un día compré en el súper que nunca me había puesto, demasiado ancho y pasado de moda,. Auténtica moda carcelaria.

Bastó llegar al aeropuerto, y pasar al área de revisión para darme cuenta de lo ridículo que me veía, no quería llamar la atención, pero era lo único que provocaba aquella ropa. 

-Quítese el cinturón.- Me ordenó un guardia. –No uso.- Le dije, y me levanté aquella camisa enorme, llevaba una agujeta amarrada en la cintura a lo Jamie Thomas. Aquel señor de ojos saltones y enrojecidos me miró con desprecio y me dejó pasar. 

El tiempo pasaba lento, hubiera querido estar drogado o pedo, pero no podía llamar la atención de la gente en un restaurante o de las azafatas al subirme al avión, así que compré tres botellitas de whiskey y me las tomé en un rincón. 

Un tipo blanco, de cabello castaño, alguien a quien en Aztlán llaman güero, muy delgado, vestido como un preso, embriagándose en la última fila de asientos antes del amanecer; era la víctima perfecta de una pareja de policías judiciales. Pero no pasó nada, nadie me tomó en cuenta, creerían que era sólo otro loco en la madrugada. 

Abordé el avión sin problemas, la sobrecargo sólo verificó que el nombre del boleto y mi identificación coincidieran, aunque aquella era la credencial para votar de mi padre. En verdad soy su reemplazo en este mundo, me resigné. 

En el avión me puse unos audífonos viejos de diadema que conecté a un reproductor MP3 de mis tiempos de la prepa. Trate de hallar Breathe de Pink Floyd de oído, como lo hacíamos antes y me acomodé en el asiento, afortunadamente la hilera iba sola; sin embargo, la memoria estaba llena de ska y hip hop, resignado, dejé una canción llamada Reggae Sin Nombre. 

Mientras el avión subía llegábamos hasta las nubes y el cielo azul marino comenzó a clarear. Pensé en Alma, Alma feliz, Alma molesta, Alma llorando, eso último me desarmaba, podía hacer cualquier cosa con tal de detener su llanto, una mujer así de hermosa no debe llorar nunca, decía yo… 

Alma muerta. 

Alma con los pechos ensangrentados llevándose las manos hacia el corte de su garganta, aquel grito ahogado, por haber quedado inservibles sus cuerdas vocales, sentada en el piso de la regadera, con la llave del agua fría totalmente abierta, queriendo parar el sangrado.  

sábado, septiembre 28, 2019

3. Sueño con serpientes


He visto El Infierno, sí, con mayúsculas, porque antes ya había conocido varios más, desde las galeras de la delegación Cuauhtémoc donde la policía tortura narcomenudistas y comerciantes ambulantes, hasta las víctimas mortales de una balacera en una casa o de un putero al que prendieron fuego con la gente adentro, encerrada; pero nunca había sufrido uno. 

Don Chava se retiró, Mariana dejó la mesita de cama en el piso, en medio del grupo, y me dedicó una mirada que no entendí, no supe si era de tristeza o asco, alejó el culo del alcance de mi acompañante y su fue moviéndolo con ritmo hipnótico hasta la puerta. 

-Ella no le entra a esto- Me dijo Karla, la mujer que me habían elegido, su voz nasal me sacó de aquel sueño y no pude más que mirarla con aprensión, ella apenas me vio, aquello no eran celos, sólo un poco de molestia, competían entre ellas, al final, como siempre, todo se trataba de dinero. 

Mario cortaba unas líneas gordas sobre la mesita, mientras Paola reía, despojándose de su fina ropa blanca, a contra luz, el resto de nosotros en la sombra; aquel cuerpo cansado, de pechos agotados me animó un poco. 

Eran las 3 de la mañana, y allá abajo, en la calle, pasó a toda velocidad un automóvil con dirección a Isabel La Católica, segundos después las luces azules y rojas de una patrulla alumbraron por un instante el cuarto infantil donde ansiosos consumíamos la cocaína más pura que mi cliente pudo conseguir. En la penumbra, con una sola lámpara de metal, de consultorio médico. Mario fanfarroneaba y metía mano a ambas mujeres, ellas reían, y trataban de guardar algún pudor. Un espejo quebrado puesto en el suelo y en una esquina de la habitación reflejaba aquella escena. Tenía sueño, pero la coca me despertó, me puso al tiro y me resigné a pasar la noche aquí, de cualquier forma, al día siguiente no tenía otros compromisos. 

Le pedí a Karla que se quitara el brassier y me dejara besar sus pechos. Mario chupaba el mezcal que la otra mujer dejaba caer sobre sus senos, y a ratos mordía un limón con sal; animado por la cocaína tomó uno de los vasos más pequeños y derramó la sangré sobre uno de los senos, a Paola se le borró la sonrisa, pero no me pareció molesta, mi cliente bebió con ganas aquel líquido espeso que bajaba lentamente hasta su ombligo, el olor a hierro comenzó a llenar la habitación. –Hazlo-, me dijo y me jaló hacía Paola, probé aquella sangre con coágulos y sentí asco, temía contraer SIDA y morir muy pronto. 

Karla, de nuevo en competencia, me jaló hacía ella e hizo lo mismo, derramó la sangre sobre sus pechos, se me resolvió el estómago, me dio vueltas la cabeza y preferí salir del cuarto. Mario no desaprovechó la oportunidad y se acercó también a mi puta, cuatro senos ensangrentados. Oí a Paola protestar porque le había mordido uno de los senos y a mi cliente protestar, cuando cerré la puerta tras de mí. 

En aquel pasillo oscuro flanqueado de varios puertas, me recargué en el barandal de la escalera y encendí un cigarro, la luz roja era como una luciérnaga solitaria en aquella penumbra, en la parte de abajo de la casa tenían el radio encendido, sonaba una canción de Spinetta que habla sobre un durazno. 

A María le gustaban Spinetta y esas cosas de hippies, como el folklor latinoamericano, me regaló un disco verde que nunca escuché; en el carro, manejando por la noche en caminos solitarios y autopistas se sentía bien aquella música. También cuando ella se fue, su música me ayudó más que el alcohol ¿qué tristeza puede sentir alguien que lo tiene todo resuelto en la vida?, pensaba de ella, ¿de dónde le venía aquella nostalgia, aquellos ojos tristes? ¿de otras vidas? Yo no era feliz, nunca lo he sido, pero su alma era la de alguien que espera, alguien triste y resignado. 

Cuando la canción terminó hubo un breve silencio y del cuarto más lejano me vino el ruido seco de un cuerpo bombeando sobre otro, estaban cogiendo en el piso, y la duela amortiguaba el ruido.
Terminé mi cigarro, alguien, probablemente don Chava, había cambiado la estación a una de música ranchera. 

Un enano subió las escaleras con esfuerzo y pasó a mi lado ignorándome a propósito, vi aquel cuerpo pequeño y rechoncho avanzar hasta el cuarto del final, moviendo la cadera, y después tocar fuerte la puerta. – ¡Tiempo! –, gritó, con una voz que no parecía la suya, sino la de un tipo de 2 metros, y volvió a tocar, un murmulló salió de la habitación y él regreso por el pasillo y las escaleras. Encendí otro cigarro, a la espera de conocer a esos amantes que fueron interrumpidos.

El grito de una mujer desgarró el silencio del pasillo. Adentro de la habitación Mario había cortado con una navaja el cuello de Paola y picado a Karla en el estómago, bebía la sangre que tomaba con ambas manos y llevaba a su boca.  

El Murciélago de la Obrera, en marcha, Obra Negra. 

lunes, septiembre 23, 2019

Nadie salva, qué vaina!

Somebody save me
Anybody find me somebody to love
Somebody put something in my drink

Nobody...
Mr. Nobody

Sombari
Nobari

Everybody
Giovanny
Giorgio by Moroder
Morodo
Moroko topo
Marruecos
Mocos
Monstruos
Monster high musical
Highscholl of the dead

Los dedeados

If...
Van der Graff.
Asocial.

Ilusión,
Vanidoso
Antes

Idiota,
Bana esperanza
Ahora

Escribo estupideces mientras la noche se agota y busco el sueño, cada vez más corto, cada vez más lejano. A diario deseo la muerte una o dos veces; tal vez hablo en serio.

Un tío sin huevos, un perro cobarde, un jodido, así deben verme muchos.

Un buen tipo, pero con mala suerte, así deben verme otros. De Manuel Alejandro a mí, no hay mucha distancia, talentos desperdiciados, tiempo perdido y decisiones estúpidas. Él se vino adentro de una putilla varias veces e incluso regresó a confirmar sus pendejadas; yo elegí ser abogado y enterrar mis escuadras, volver cada día a ponerme los grilletes voluntariamente ¡vaya idiota!

Ahora ya no creo nada, no sólo no creo en nadie.

Bueno, creo en una cosa, en que vendrán tiempos mejores, que un sobre gordo lleno de billetes me espera a la vuelta de la esquina.

Volver a empezar. Volver a aceptar.

No quiero la muerte, no quiero la vida. Sólo quisiera dormir un día completo, y no despertarme pensando que fue un día desperdiciado.

Perdí a mi abue, perdí a mi novia; antes perdí mi casa, perdí mi perro, perdí algo de dinero, no gané mucho, pero TENÍA el alcohol, o tal vez Él me tenía.

Es la 1 de la mañana, en una barrio jodido de Ciudad Caníbal, en el país de los sin huevos. Las chinches se dan un festín con mi  carne flacida y putrefacta "Acuérdate que a las plebitas no les gustan gordos, viejos y gordos" vaya, yo nunca le gusté a nadie.

Vivir como animales ¿acaso con todo este esfuerzo es lo único que se consigue?

It's over?
¿Hasta aquí llegamos?

Ojalá que el viejo del cibercafé no venga pronto a avisarme que se acabó mi turno.

Ojalá que pase pronto a consulta.

Ojalá que entre rápido a quirófano y no me muera ahí en la plancha , ridículo con las piernas, los brazos y la cabeza vendadas para conservar el calor. Ahí tenía al dios católico.

Ojalá renazca en alguien menos infeliz, en alguien con huevos. Ojalá renazca y me acuerde de mis pendejadas. Ojalá renazca dios o un puto rey.


jueves, septiembre 05, 2019

Die dunkelste Nacht

En la noche más oscura reina la muerte,
campante pasea, va y viene,
camina y se detiene.
Avanza cojeando en medio de la carretera solitaria,
mira a ambos lados del camino con desconfianza.

En la noche más oscura,
cuando la penumbra devora la ciudad de los necios,
aquel árbol destaca entre los miasmas,
casi brillando con luz propia.

El gaznate de los ebrios se reconforta con el licor de caña que calienta los cuerpos,
en la noche más oscura, la más larga,
donde incluso la muerte quiere morir, o al menos, jubilarse.

La muerte cansada de vivir.

Nada es eterno,
piensa,
menos lo son el arte o las letras.

¿Mi recuerdo se esfumará entre aquellos miasmas cuando el último de mis descendientes caiga?

En la noche más oscura nada es eterno,cuando incluso la muerte quiere morir.

Dios está muerto y la Virgen ya disfruta del pago del seguro.

jueves, julio 11, 2019

Roberto, o de la apropiación

Un hombre pequeño, delgado y correoso, de unos 60 años, aborda el metro en la estación Mixcoac. Nada más entrar aquellos ojillos vivaces, de roedor, como botones hundidos en su rostro cetrino, ubican un asiento libre, y debajo de él, un suéter gris de mujer. Sin pena lo recoge del suelo, lo sacude un poco, toma asiento y comienza a revisarlo. Busca primero en los bolsos, después la marca, enseguida posibles agujeros, "Es un suéter barato, como los que venden afuera de la estación Tacuba" piensa.

"20 pesos sí me dan por él", reflexiona, "tal vez 50, si se apendejan", con descaro hunde su nariz embelesado por el perfume dulzón de su dueña. De forma grotesca huele una y otra vez la prenda, como un pervertido oliendo calzones sucios en casa ajena.

Hay perversidad en sus gestos, más que reflexión o destreza, pareciera un duende maligno; es un hombre mañoso, hábil sí, pero poco inteligente.

Se restriega el suéter sobre la bragueta de sus pantalones y siente una leve excitación, no le importa quién pueda verlo, "Nunca más coincidiremos en esta vida" piensa, Nadie hará un reportaje sobre esto", se consuela. Coloca la prenda ganada sobre su morral y lo cruza en el tirante para evitar que se caiga.

Baja en Tacubaya y en el transbordo a la línea color café, ansía la soledad de su cuarto en Chimalhuacán, aquel frío suelo de cemento. No le preocupa cómo ha llegado a este punto de su vida, menos interés le produce lo que vendrá mañana. "Algún día me iré al otro lado a ganar montones de billetes verdes", se dice a sí mismo. Tiene prisa por llegar a casa, prender la tele y masturbarse viendo a las luchadoras de la Triple A invitadas al programa de Facundo, aquel joven que envejeció pronto y que hace de comediante, conductor, animador, o lo que le venga en gana a sus patrones. 

Recostado en un colchón sin sábanas, con restos de chinches en las costuras, intenta conseguir una erección mientras mira aquellas piernas musculosas de Vanilla Vargas, quien intenta meter un gol en una portería pequeña defendida por otras tres luchadoras. Roberto o El Cuadros, aquel hombre que de pequeño hacía interminables caminatas con su padre vendiendo pinturas de la Virgen de Guadalupe que cargaba a sus espaldas, pasando un paliacate por su frente, se queda dormido con el pene marchito entre sus manos, y a un lado aquel suéter gris que todavía desprende el olor que anima la habitación.

Muy abajo, en la calle, un perro negro ladra a sus propios fantasmas parado a mitad del camino; mientras la estatua del Guerrero Chimalli observa engreído desde lo alto a sus vecinos, parece un astronauta gigante a punto de pisar la barriada para salir huyendo, él mismo se sabe fuera de lugar.

Roberto se levanta con sed a mitad de su sopor, se lleva la mano a la nariz y hace un gesto a causa del olor, hasta la cima de aquella montaña profana llega el ruido de un automóvil veloz, y de jóvenes borrachos que discuten afuera de la tienda.

"¡Qué fácil sería dejarse caer desde acá!", piensa, "Y terminar con todo. Salir por una vez en la portada del Gráfico Diario al lado de alguna putilla, el cráneo roto y el cerebro esparcido en la banqueta, enmarcado de aquel culo sublime, inalcanzable... en fin una puta cara sigue siendo una puta." Se consuela. "Qué fácil sería..." dice en voz alta.

"El gabacho está allí, es otro mundo, pero al alcance de la mano, yo lo vi hace 30 años desde un hotel de Tijuana. Trabajaré duro y compraré un boleto de ida, en la frontera seré mesero de algún putero durante la noche, mientras que de día esperaré en la garita, hasta que Trump ordene abrir las puertas. Pasen mexicanos, dirá en gabacho, pero todos lo entenderemos. Sí, un día, Jesús le tocara el corazón y nos dejara entrar a todos, pero primero a los perdedores y viejos, solitarios y madreados. Allá me espera una princesa rubia, un Cadillac y unos buenos habanos...."

"Algún día me iré al gabacho..." murmura mientras se va quedando dormido y todo se torna oscuro.

miércoles, noviembre 14, 2018

Huir, escapar encono ¿para qué diablos nos sirve todo eso?

Nada más atravesar el torniquete de entrada a la estación del subterráneo él agarro su libro con la mano derecha, después, en un ágil movimiento, lo colocó entre su antebrazo y su costado. Caminó rápido en dirección de la escalera que lo llevaría al andén, la impaciencia estaba por dominarlo y pensando ansioso en ese nuevo libro que estaba por comenzar y que hacía tiempo ya, había buscado infructuosamente; en eso, un joven de unos 25 años con la cara llena de granos y cicatrices se paró a su lado, esperando como él el próximo tren. Edgar miró aquel tipo pensando en lo complicado que había de ser llevar la cara así, supuso inmediatamente que cualquiera había visto más vaginas en una semana que el muchacho en toda su vida. Con esa idea en su cabeza, la cual le hizo sentir asco por lo superficial de su manera de pensar, el tren llegó con el fuerte silbido del viento que anuncia su arribo. Mientras el tren pasaba frente a él, trató de fijar su mirada en la chica que permanecía en el andén contrario al suyo, el rápido movimiento de ventanas, asientos, cristales y toda la mierda que constituye un tren pasaron dejando entrever a aquella joven mujer, alta, de senos firmes pero con un poco de grasa en el abdomen, lo suficiente para afirmar que no era gorda ni mucho menos, que se encontraba en el rango medio entre el estándar de belleza idealizado que Edgar guardaba en su cabeza y que respetaba aún inconscientemente, como todos; pero a años luz del estándar americano, ése que aunque respetemos, sabemos casi irreal e inalcanzable. Cuando Edgar subió al vagón, lo hizo de una manera tranquila, totalmente ajeno a la marea de gente que se abalanzaba en busca de un asiento, caminó hacía la puerta cerrada que le queda enfrente y miró de nuevo a la chica; ella, tocaba su cabello con delicadas y cuidadas manos, cuando lo miró.


Edgar sintió su corazón latir rápido, sus pupilas se dilataron, y la miró a los ojos con ensueño y una mirada más bien boba, ella lo miro fijamente como por un segundo y medio, esbozó una sonrisa y después desvío su mirada hacia su tren que ya llegaba, Edgar siguió mirando, ajeno al mundillo que estaba reunido ese momento y en ese lugar, gente que transitaba y con la que nunca cruzaría palabra, probablemente.


Ella (a la que podemos llamar Mayra, pues al no saber su nombre ni Edgar ni nosotros, eso resulta irrelevante), entró al vagón serena, caminó lentamente hacia el frente y se acomodo entre dos viejos que se encontraban recargados uno a cada lado de la puerta cerrada, la misma que junto con la del vagón de Edgar formaba una barrera más bien infranqueable de cristal, acero, y de esa apatía, pena o encono que se apodera de todos nada más viajamos en transporte público, la misma que tantas veces nos impide hablarle a la mujer más bella que hayamos visto aunque este sentada a nuestro lado, o al viejo amigo de la infancia que encontramos por casualidad pero no saludamos. Edgar no dejo de mirarla, ella le dedicó una mirada esta vez más escrutadora, pareciera que ambas lamentaban la distancia que los separaba y con la fugacidad de un sentimiento extraño como lo es el de enamorarse a primera vista, vivieron en los dos segundos antes de que el tren de él partiera el romance más corto pero profundo de su historia. Edgar con unas ganas tremendas de gritarle que ambos se bajaran de sus vagones; con un buen grado de valor, el que suponía suficiente para cruzar las vías electrificadas una vez se hubiesen ido ambos trenes y encontrarse con ella y darle el beso más intenso que jamás habría esperado, permaneció con la boca entre abierta y sus deseos y su valor se tradujeron en un susurro, su tren partió y el de ella permanecería casi por un minuto más en la estación. Desilusionado, Edgar sacó su libro del empaque plástico y mientras pensaba en la posibilidad de volverla a encontrar comenzó a leer en el único lugar donde podía concentrarse, el metro de la Ciudad de México; para eso venía cada sábado en la mañana desde Puebla de los Ángeles. Para recorrer leyendo líneas enteras de ida y de regreso, transbordar y seguir viajando, de pie o sentado en algún viejo sillón plástico verde o en el suelo, un lector tiene sus vicios y sus manías decía.
Algún borrador del lejano 2010: 

Esperar era algo que Daniel sabía hacer muy bien, era como un cazador, no importaba para nada el tiempo que hiciera falta; normalmente no contaba con mayores compromisos, puesto que Luis, su ayudente, conocía bien el negocio, cuando ceder, cuando resistir.

Aguardó la salida de todas las que se encontraban disponibles: Karina, Claudia, Valeria, Daniela, Amanda, La Flaca... No hubo señal de Ella.

Hacía algunos años que había adquirido la costumbre de acudir a casas de citas justo a la hora de la comida, entre las dos y tres de la tarde, solía llegar unas veces caminando, cuando se encontraban próximas al negocio, otras usando el trolebús o incluso el metro; éste último, transporte que descartaría cuando cayó en la cuenta de que la gran mayoría de estos lugares distaban  más o menos un kilómetro unos de otros. Salto de Algua, Isabel La Católica, Obrera, Lucas Alamán, y más allá Eugenia y Rumania.

Asistía una vez al mes, procurando variar su destino. Rara vez pasaba a servicio, solía largarse después de observar el material, entre caras de enojo de putas y padrotes, de porteros y extorsionadores; le gustaba mirar la cara larga de las menos agraciadas al verse confrontadas con su realidad, mientras que el desdén de las más hermosas pronto fue haciéndose un daño insignificante a su amor propio.

Le gustaba pensar que acudía a aquellos lugares sólo por el placer de conocer ese submundo, de apreciar la expresión más cínica del capitalismo; siempre era bueno dejar los problemas a un lado y meterla en un lúbrico agujero. Era probable que comenzara a sufrir cierto anquilosamiento, ya no lo emociaban, como al principio, las tetas gigantes, los culos inyectados; le pasaba como a esos jueces para los que todos son culpables y resultan más duro conmover que a una golfa con flores: "¡Qué lindo!"; "¡Qué cándido!"; "¡Qué pendejo!"... Fabrican culpables al vapor, le dijo alguna vez en una peda Adrian Enrique, el tio abogado de Luis.

Sentado en la vieja sala observó aquel deprimente desfile de vientres tasajeados a causa de la cesárea, celulitis, faldas minúsculas, mallones y vestidos floreados. Estando ahí podía pensar más claro en su vida y los negocios, los locales que arrendaba y su hijo, pérdido quien sabe dónde, con flamante padre, seguramente.

Vista la indiferencia de Daniel, las mujeres, viejas y jóvenes, flacas y gordas, volvieron a su lugar frente al televisor. Un abuelo muy sonriente salió después detrás de una prostituta de veinte a veintidós años sin bragas, con tacones, cabello castaña, piernas largas torneadas, como de poderosa yegua. No, no era ella, pero sí la última.

Don Chava, el administrador, se estiró hasta la tele y cambió de canal al siete, algo parecido a "High School Musical" se desarrollaba en la caja, un par de chicas detuvieron su plática para mirar la película, cuchichearon algo y rieron

miércoles, octubre 24, 2018

La Fosa de Agua, Lydiette Carrión, Debate, 2018.

"Del Río de los Remedios las autoridades extrajeron 40 restos, o 39 cuerpos, o seis mil restos óseos. Decenas de pies, manos y torsos en bolsas y costales. Nadie sabe realmente qué sacaron del canal durante los tres días de dragados. Nadie sabe con claridad en qué tramos del canal se hicieron las diligencias. Sólo se sabe que en dos ocasiones se escarbo a la altura del Ministerio Público de Tecámac y salieron restos descuartizados de hombres y mujeres. No hay pruebas genéticas, y ninguno de los casos localizados se puede atribuir con indicios científicos a la banda del Mili. ¿Quién mata, descuartiza y desecha a sus víctimas en el Gran Canal?

miércoles, octubre 17, 2018

Carretera

2

"En la planta alta de la casa de Lucas Alamán, entramos a un cuarto viejo que tal vez  fue la habitación de una chiquilla; o al menos eso te hacía pensar el tapiz color pastel de las paredes. 

¿Cómo habría adquirido don Chava esta casa? ¿acaso fue él jefe de familia aquí y, tiempo después, sus hijos grandes ya, su esposa muerta, decidió dedicarse al lenocinio? ¿o sólo se trata de una casa rentada que vivió mejores épocas? Incluso podía tratarse de un inmueble invadido. No se, mi condición de abogado y los semestres gastados tratando de memorizar artículos del Código Civil me obligan a preguntarme, siempre, cuál es el justo o injusto título con que posee toda persona que me invitaba a su casa. Pasaba a menudo y en este orden: entrar a una casa, embriagarse, y despedirme dejando tarjetas y promesas de sacar a salvo al precario, al invasor o al arrimado. 

Nos sentamos sobre cojines tirados en el piso, un colchón sin base cubierto por una sucia colcha rosa de Ositos Cariñositos daba fe de la ilegalidad de este lugar. Esos Ositos habían contemplado porquerías dignas del Marqués de Sade, venidas, sodomía, masoquismo, mariconadas, tal vez asesinatos... y apenas comenzaban a vislumbrar lo que son los principios de la perversidad humana. 

Vino después don Chava con Mariana, una jovencita de metro y medio cuyos senos desbordaban el sostén, y además vestía un short color negro a media nalga, con unas pantimedias "champagne claro" debajo. Me dejó sin habla, sólo podía arrepentirme de no haberla elegido, estuve a punto de solicitar un cambio, pero recordé que la peda era patrocinada, en dicha posición yo también resultaba como una puta y no tenía muchas opciones. Siempre odié no tener el control de las situaciones en que me metía, pero con los clientes que solían llamarme no había mucho a dónde hacerse.

Sobre una bandeja redonda color plata llevaban varios vasos tequileros, unos con algo color rojo, otros, más grandes, con mezcal, lo supe de inmediato porque el olor a carbón inundó la habitación y reemplazó a la humedad y el cloro que picaba mi naríz. Dispusieron sobre una pequeña mesa para desayunar en la cama todos los implementos; parecía tequila bandera, la única diferencia es que la sangrita era sangre de verdad."   

El Murciélago de la Obrera, en marcha, Obra Negra.