miércoles, noviembre 14, 2018

Huir, escapar encono ¿para qué diablos nos sirve todo eso?

Nada más atravesar el torniquete de entrada a la estación del subterráneo él agarro su libro con la mano derecha, después, en un ágil movimiento, lo colocó entre su antebrazo y su costado. Caminó rápido en dirección de la escalera que lo llevaría al andén, la impaciencia estaba por dominarlo y pensando ansioso en ese nuevo libro que estaba por comenzar y que hacía tiempo ya, había buscado infructuosamente; en eso, un joven de unos 25 años con la cara llena de granos y cicatrices se paró a su lado, esperando como él el próximo tren. Edgar miró aquel tipo pensando en lo complicado que había de ser llevar la cara así, supuso inmediatamente que cualquiera había visto más vaginas en una semana que el muchacho en toda su vida. Con esa idea en su cabeza, la cual le hizo sentir asco por lo superficial de su manera de pensar, el tren llegó con el fuerte silbido del viento que anuncia su arribo. Mientras el tren pasaba frente a él, trató de fijar su mirada en la chica que permanecía en el andén contrario al suyo, el rápido movimiento de ventanas, asientos, cristales y toda la mierda que constituye un tren pasaron dejando entrever a aquella joven mujer, alta, de senos firmes pero con un poco de grasa en el abdomen, lo suficiente para afirmar que no era gorda ni mucho menos, que se encontraba en el rango medio entre el estándar de belleza idealizado que Edgar guardaba en su cabeza y que respetaba aún inconscientemente, como todos; pero a años luz del estándar americano, ése que aunque respetemos, sabemos casi irreal e inalcanzable. Cuando Edgar subió al vagón, lo hizo de una manera tranquila, totalmente ajeno a la marea de gente que se abalanzaba en busca de un asiento, caminó hacía la puerta cerrada que le queda enfrente y miró de nuevo a la chica; ella, tocaba su cabello con delicadas y cuidadas manos, cuando lo miró.


Edgar sintió su corazón latir rápido, sus pupilas se dilataron, y la miró a los ojos con ensueño y una mirada más bien boba, ella lo miro fijamente como por un segundo y medio, esbozó una sonrisa y después desvío su mirada hacia su tren que ya llegaba, Edgar siguió mirando, ajeno al mundillo que estaba reunido ese momento y en ese lugar, gente que transitaba y con la que nunca cruzaría palabra, probablemente.


Ella (a la que podemos llamar Mayra, pues al no saber su nombre ni Edgar ni nosotros, eso resulta irrelevante), entró al vagón serena, caminó lentamente hacia el frente y se acomodo entre dos viejos que se encontraban recargados uno a cada lado de la puerta cerrada, la misma que junto con la del vagón de Edgar formaba una barrera más bien infranqueable de cristal, acero, y de esa apatía, pena o encono que se apodera de todos nada más viajamos en transporte público, la misma que tantas veces nos impide hablarle a la mujer más bella que hayamos visto aunque este sentada a nuestro lado, o al viejo amigo de la infancia que encontramos por casualidad pero no saludamos. Edgar no dejo de mirarla, ella le dedicó una mirada esta vez más escrutadora, pareciera que ambas lamentaban la distancia que los separaba y con la fugacidad de un sentimiento extraño como lo es el de enamorarse a primera vista, vivieron en los dos segundos antes de que el tren de él partiera el romance más corto pero profundo de su historia. Edgar con unas ganas tremendas de gritarle que ambos se bajaran de sus vagones; con un buen grado de valor, el que suponía suficiente para cruzar las vías electrificadas una vez se hubiesen ido ambos trenes y encontrarse con ella y darle el beso más intenso que jamás habría esperado, permaneció con la boca entre abierta y sus deseos y su valor se tradujeron en un susurro, su tren partió y el de ella permanecería casi por un minuto más en la estación. Desilusionado, Edgar sacó su libro del empaque plástico y mientras pensaba en la posibilidad de volverla a encontrar comenzó a leer en el único lugar donde podía concentrarse, el metro de la Ciudad de México; para eso venía cada sábado en la mañana desde Puebla de los Ángeles. Para recorrer leyendo líneas enteras de ida y de regreso, transbordar y seguir viajando, de pie o sentado en algún viejo sillón plástico verde o en el suelo, un lector tiene sus vicios y sus manías decía.
Algún borrador del lejano 2010: 

Esperar era algo que Daniel sabía hacer muy bien, era como un cazador, no importaba para nada el tiempo que hiciera falta; normalmente no contaba con mayores compromisos, puesto que Luis, su ayudente, conocía bien el negocio, cuando ceder, cuando resistir.

Aguardó la salida de todas las que se encontraban disponibles: Karina, Claudia, Valeria, Daniela, Amanda, La Flaca... No hubo señal de Ella.

Hacía algunos años que había adquirido la costumbre de acudir a casas de citas justo a la hora de la comida, entre las dos y tres de la tarde, solía llegar unas veces caminando, cuando se encontraban próximas al negocio, otras usando el trolebús o incluso el metro; éste último, transporte que descartaría cuando cayó en la cuenta de que la gran mayoría de estos lugares distaban  más o menos un kilómetro unos de otros. Salto de Algua, Isabel La Católica, Obrera, Lucas Alamán, y más allá Eugenia y Rumania.

Asistía una vez al mes, procurando variar su destino. Rara vez pasaba a servicio, solía largarse después de observar el material, entre caras de enojo de putas y padrotes, de porteros y extorsionadores; le gustaba mirar la cara larga de las menos agraciadas al verse confrontadas con su realidad, mientras que el desdén de las más hermosas pronto fue haciéndose un daño insignificante a su amor propio.

Le gustaba pensar que acudía a aquellos lugares sólo por el placer de conocer ese submundo, de apreciar la expresión más cínica del capitalismo; siempre era bueno dejar los problemas a un lado y meterla en un lúbrico agujero. Era probable que comenzara a sufrir cierto anquilosamiento, ya no lo emociaban, como al principio, las tetas gigantes, los culos inyectados; le pasaba como a esos jueces para los que todos son culpables y resultan más duro conmover que a una golfa con flores: "¡Qué lindo!"; "¡Qué cándido!"; "¡Qué pendejo!"... Fabrican culpables al vapor, le dijo alguna vez en una peda Adrian Enrique, el tio abogado de Luis.

Sentado en la vieja sala observó aquel deprimente desfile de vientres tasajeados a causa de la cesárea, celulitis, faldas minúsculas, mallones y vestidos floreados. Estando ahí podía pensar más claro en su vida y los negocios, los locales que arrendaba y su hijo, pérdido quien sabe dónde, con flamante padre, seguramente.

Vista la indiferencia de Daniel, las mujeres, viejas y jóvenes, flacas y gordas, volvieron a su lugar frente al televisor. Un abuelo muy sonriente salió después detrás de una prostituta de veinte a veintidós años sin bragas, con tacones, cabello castaña, piernas largas torneadas, como de poderosa yegua. No, no era ella, pero sí la última.

Don Chava, el administrador, se estiró hasta la tele y cambió de canal al siete, algo parecido a "High School Musical" se desarrollaba en la caja, un par de chicas detuvieron su plática para mirar la película, cuchichearon algo y rieron

miércoles, octubre 24, 2018

La Fosa de Agua, Lydiette Carrión, Debate, 2018.

"Del Río de los Remedios las autoridades extrajeron 40 restos, o 39 cuerpos, o seis mil restos óseos. Decenas de pies, manos y torsos en bolsas y costales. Nadie sabe realmente qué sacaron del canal durante los tres días de dragados. Nadie sabe con claridad en qué tramos del canal se hicieron las diligencias. Sólo se sabe que en dos ocasiones se escarbo a la altura del Ministerio Público de Tecámac y salieron restos descuartizados de hombres y mujeres. No hay pruebas genéticas, y ninguno de los casos localizados se puede atribuir con indicios científicos a la banda del Mili. ¿Quién mata, descuartiza y desecha a sus víctimas en el Gran Canal?

miércoles, octubre 17, 2018

Carretera

2

"En la planta alta de la casa de Lucas Alamán, entramos a un cuarto viejo que tal vez  fue la habitación de una chiquilla; o al menos eso te hacía pensar el tapiz color pastel de las paredes. 

¿Cómo habría adquirido don Chava esta casa? ¿acaso fue él jefe de familia aquí y, tiempo después, sus hijos grandes ya, su esposa muerta, decidió dedicarse al lenocinio? ¿o sólo se trata de una casa rentada que vivió mejores épocas? Incluso podía tratarse de un inmueble invadido. No se, mi condición de abogado y los semestres gastados tratando de memorizar artículos del Código Civil me obligan a preguntarme, siempre, cuál es el justo o injusto título con que posee toda persona que me invitaba a su casa. Pasaba a menudo y en este orden: entrar a una casa, embriagarse, y despedirme dejando tarjetas y promesas de sacar a salvo al precario, al invasor o al arrimado. 

Nos sentamos sobre cojines tirados en el piso, un colchón sin base cubierto por una sucia colcha rosa de Ositos Cariñositos daba fe de la ilegalidad de este lugar. Esos Ositos habían contemplado porquerías dignas del Marqués de Sade, venidas, sodomía, masoquismo, mariconadas, tal vez asesinatos... y apenas comenzaban a vislumbrar lo que son los principios de la perversidad humana. 

Vino después don Chava con Mariana, una jovencita de metro y medio cuyos senos desbordaban el sostén, y además vestía un short color negro a media nalga, con unas pantimedias "champagne claro" debajo. Me dejó sin habla, sólo podía arrepentirme de no haberla elegido, estuve a punto de solicitar un cambio, pero recordé que la peda era patrocinada, en dicha posición yo también resultaba como una puta y no tenía muchas opciones. Siempre odié no tener el control de las situaciones en que me metía, pero con los clientes que solían llamarme no había mucho a dónde hacerse.

Sobre una bandeja redonda color plata llevaban varios vasos tequileros, unos con algo color rojo, otros, más grandes, con mezcal, lo supe de inmediato porque el olor a carbón inundó la habitación y reemplazó a la humedad y el cloro que picaba mi naríz. Dispusieron sobre una pequeña mesa para desayunar en la cama todos los implementos; parecía tequila bandera, la única diferencia es que la sangrita era sangre de verdad."   

El Murciélago de la Obrera, en marcha, Obra Negra. 



Cuando triunfe la revolución: ya no habrá más fresas con crema.
Cuando triunfe la revolución y corras porque todo se sale de control.

sábado, agosto 08, 2015

No te pre-ocupes

Hay un demonio dentro de mí.
Hay una mala persona dentro de todos.
La alimento con vanidad, con soberbia.
La despierto con alcohol, la activo con cocaína.

A ella no le importa nada, realmente nada.
No se interesa por nadie, ni por ella misma.
Esa persona también soy yo, en el fondo...
Necesito la aprobación, el aplauso, para vivir.
Tengo miedo.

Es cierto, con la edad dejas de temer tantas cosas.
Pero tu miedo se concentra en las peores.
La vida humana pierde su valor;
Las cosas lo incrementan.
Acaban poseyéndote.
Terminas olvidándote.

No, no hay botón de pausa.
Es como una borrachera que no te puedes bajar
Sólo puedes esperar, y si tienes suerte echarte a dormir

Soy la suma de mis sueños rotos, de mis deseos insatisfechos
Me echo al mar cada mañana, recién salido del aserradero
Recién cortado por la vida
Lustroso, pero envejecido,
Como los muebles de la abuela.

Soy una herramienta engrasada en el piso esperando una nueva oportunidad...

lunes, mayo 25, 2015

Dios está en todas partes, menos aquí

Para Martín (†)

Nos dejaste, y está vez no fue como cuando te ibas de las fiestas sin despedirte, o tal vez sí; a lo mejor la vida es la fiesta más grande de todas. 

Me consuelo pensando que simplemente tu ollie halló por fin un obstáculo insalvable. 

Gracias amigo.




jueves, diciembre 18, 2014

Sus ojos, noviembre de 2014


 
A ellos, los 43, porque otro mundo es posible. 

Sus ojos me miran en sueños, suplicando, y si pudieran llorar de sentimiento lo haría, pero no puede; y yo me despierto, parece de noche pero en un rato va a salir el sol, todavía brillan las estrellas allá afuera, los tres reyes magos titilan, me saludan desde la ventana. Mis papás ya están despiertos, ella muele en el metate, él se está calzando los zapatos.
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Aún es de mañana cuando nos subimos al camión que expropiamos hace un mes. El desayuno fueron unos frijoles antes de salir para Iguala, eran negros, fritos con manteca. Los asientos son cómodos, en su interior tiene cuatro pantallas para ver películas, “Esto es lujo”, dice un compañero admirado, y el chofer nos pide tener cuidado, pues el autobús vale más de un millón de pesos. Un millón, vaya cantidad.
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El jueves se llevaron a Coco para matarlo, le habíamos puesto ese nombre porque cuando mamá lo compró era muy blanco. Yo era quien lo cuidaba, le daba de comer y lo llevaba a pasear, me tenía mucho cariño, balaba mucho cuando me veía salir para la escuela, también cuando volvía, como si llorara, pidiéndome que lo llevara conmigo. Lloré cuando se lo llevaron, él daba patadas y no quería caminar, me acerqué para calmarlo y despedirme, con los ojos me pedía que lo ayudara, que no quería irse, que nos fuéramos al prado, que no iba a llorar cuando lo amarrara para ponerme a jugar con mis primos.
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Los compañeros y yo vamos a botear para irnos a México a la marcha del 2 de octubre; en la orden del día fijamos también protestar en el informe de la esposa del presidente municipal, y en la fiesta que le van a hacer al terminar. Los dos son narcos, antes anduvieron con los Beltrán Leyva, ahora dirigen el cártel de la zona.
Iguala no queda cerca, son algunas horas de camino desde la escuela, vamos llegando con la tarde, escoltados a ratos por municipales, el ambiente es raro, tenso, taxistas y camiones no dejan de acosarnos, de cerrarnos el paso, de mirarnos con aprensión desde sus vehículos, otros rehúyen la mirada, alguno nos menta la madre.
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Es noviembre de 2004, estoy boleando mis zapatos, brillan tanto que casi puedo verme en ellos como en un espejo, o más bien como en una esfera de Navidad, vuelvo a pasarles el trapo y me alisto para salir. Voy caminando al lado de mi papá, dando la espalda al sol que va saliendo, me encamina y me da la bendición, yo continúo solo y a pie el resto del camino, la escuela está a una hora.
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Una camioneta de la policía se empareja con el camión llegando a Iguala, en la parte de atrás vienes tres hombres de civil, uno es un muchacho de mi edad, los dos restantes ya son señores. De nuevo nos miran, corro la cortina e intento cerrar los ojos para descansar unos minutos. Detrás de la policía viene una Toyota vieja, y más allá dos camionetas negras, lujosas, “Son narcos”, dice un compañero, “Hay que estar preparados”, dice otro.
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Mi maestro se llama Ángel y da el cuarto año de primaria, es moreno, de bigote y pelo negro, sus ojos siempre están alerta detrás de unos lentes ahumados, si te cacha platicando no duda en aventarte el borrador del pizarrón, un gis, una goma, lo que tenga a la mano. Sin embargo, es el mejor maestro que he tenido, estudió en la Normal de Ayotzinapa y conoce todo México y sus Estados, es muy valiente porque dice que su tío peleó en la sierra con Lucio Cabañas. Cuando yo sea grande tal vez me haga maestro, estos días he estado pensando mucho en eso.
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La pickup de la policía deja pasar a la Toyota, ésta nos cierra el paso y el camión tiene que frenar en seco, a un lado los municipales y las personas que van atrás se bajan, vienen armados, otras personas salen de las camionetas lujosas, también llevan armas, algo comentan entre ellos y nos señalan, abren fuego contra el camión, las balas rompen los vidrios de las ventanas, ponchan las llantas, atraviesan el camión y hieren a los compañeros. Los que podemos nos tiramos al piso y hasta el más ateo se encomienda a Dios. Las balas no paran, gritos, llanto, el humo no me deja bien ver lo que está pasando, ¿están peleando entre ellos, o la cosa es contra nosotros? “No disparen, somos estudiantes” gritan algunos, “Nos vale madres”, responden desde afuera. Después de un rato dejan de disparar, algunos nos arriesgamos a salir a rastras del camión, suenan de nuevo disparos, hay compañeros heridos sobre la carretera, algunos echan a correr, otros más cargan a un herido, los demás nos quedamos cubiertos por el camión.
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Cuando el maestro Ángel sale del salón, aprovechamos para jugar luchitas, Carlos quiere agarrarme pero no me dejo, Alejandro lo distrae por el frente y yo aprovecho para por detrás hacerle una llave china, Carlos me carga y con todas sus fuerzas me pasa sobre su hombro, estoy de cabeza un segundo antes de azotar contra el piso. Algo truena y ya no puedo ver nada.
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Se acercan, nos apuntan, nos gritan que nos tiremos al piso y nos agarran a patadas “Querían su revolución, ¿no?”, nos grita un policía, “No se levanten, al que nos voltee a ver me lo chingo”, dice otro. Me muevo, unas piedras se me estaban clavando en el pecho. “¿Qué te dije cabrón?”, escucho y siento un golpe seco en la cabeza, de fierro. Me desmayo, todo está oscuro.
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Estoy sentado afuera del salón, el maestro Ángel me da palmadas en la espalda, Carlos espantado está a mi derecha, Alejandro al frente, todas las niñas se asoman por las ventanas. “¿Cómo me llamo?”, pregunto, no puedo recordar nada, “Chairo”, me dice un policía, “Ayotzinapo, pendejo”, me dice otro. No puedo ver bien, el maestro y los niños me llevan a rastras sobre el pavimento lleno de sangre, casquillos y cristales rotos hasta la dirección, llegamos y me avientan encima de alguien más, lo sé porque alguien llora, gime, otro me patea para que no lo aplaste. Una bota me pisa la barriga, me oprime, está bien boleada, casi puedo verme en ella, como en una esfera de Navidad. 

Entramos al cuarto pequeño que es la dirección, un señor de traje nos mira triste “Órdenes son órdenes, son órdenes, son órdenes…”, dice, me arrojan sobre dos sillas puestas a manera de cama, alguien llora debajo. Está oscuro y frío aquí. Unas luces se acercan, escucho rugir de motores, me sacan de la dirección y nos llevan a Cocula, “A una clínica”, dice el director, voy el asiento trasero de su carro, me duele el hombro, “Creo que se rompió la clavícula”, dice Ángel, y alguien me pisa la cabeza, me aplasta la nariz contra el metal de la caja, las luces se van apagando poco a poco, ya estoy dejando el pueblo, voy para la clínica. 

El carro se detiene, nos bajan de la camioneta y escogen a alguien, él me mira, suplica con los ojos, llora de sentimiento, intenta dar patadas, papá lo lleva a rastras rumbo al mercado, lo tiran, lo patean, van a matarlo. Bala de desesperación, veo como le cortan la cara, le arrancan la piel con un cuchillo, le sacan los ojos con las manos, él sigue gritando y retorciéndose, sus ojos fuera de sus cuencas todavía me miran. Disparan, su cuerpo ya no se mueve. Le pido perdón por ser un cobarde, por no haber hecho nada. 

Me suben otra vez al coche, no está el doctor, vamos a otro pueblo, me recuestan sobre el asiento trasero, pero ya nadie llora, “Ángel háblame”, le digo. Nadie responde.
Cuando por fin llegamos, el doctor me cachea, me pide que me acueste sobre una camilla que huele a basura, “Encuérate” me grita, se acerca y sus manos calientes tocan mi hombro, escucho truenos, me duele, siento como algo me atraviesa, una, dos tres veces, ya no siento el hombro ni la cabeza, todo vuelve a estar oscuro.

jueves, septiembre 04, 2014

Al amparo de la noche




Lleno de incredulidad volvió a revisar los resultados en la pantalla; al mirar esas dos palabras que en conjunto se tornan una pesadilla su cuerpo comenzó a tiritar, como si el frío que nacía en su espalda se hubiera apoderado de la habitación, quiso correr, gritar, pero su voz había cedido a favor del silencio. 

Alberto, su compañero, observó a un Manuel absorto, encorvado, con los codos puestos sobre el escritorio, como queriendo meterse en la pantalla, las piernas le temblaban cada vez más fuerte; decidió acercarse a ver qué le ocurría a la joven promesa del despacho, puso una mano sobre su hombro y le preguntó:

-¿Todo bien?

No hubo respuesta, aquel alfeñique en que se había convertido el orgulloso abogado apenas pudo mover su cabeza engominada y mirarlo con un gesto entre el desconcierto y el horror; ninguna palabra salió de su boca más con el pulgar derecho apuntó hacia un recuadro en la pantalla: “Stanley, S.A. DE C.V. Amparo Directo, expediente 428/2011, NO AMPARA”. Alberto compartió entonces aquel sobresalto; dos juicios del mismo cliente perdidos el último mes era una terrible señal, y por supuesto un mal resultado. 

Señaló con el índice sus labios sellados para indicar que no podía hablar; era una reacción que hacía años no tenía, la última vez fue en secundaria, cuando queriendo demostrar un error del maestro al calificar su examen, éste le obligó a pasar al frente del grupo a resolver varias ecuaciones, los nervios lo pusieron mudo y al borde de las lágrimas, y no pudo terminar ni la más sencilla; su compañero entendió el gesto y fue por un vaso con agua, se lo dio a beber y le dijo que todo estaría bien, aunque en el fondo no tenía ninguna certeza de esa afirmación. 

Su voz volvió, pero parecía la de otra persona, había perdido esa especie de cansancio y grosor que estaba de moda entre los muchachos ricos y quienes aspiran a serlo; aparentando una serenidad que no sentía le pidió a Alberto no informar a nadie, en especial al jefe, el resultado del juicio, hasta no revisar la sentencia directamente en el Tribunal. Salió de la oficina y esperó el elevador, ni siquiera reparó en la recepcionista, su último proyecto de conquista, las puertas se abrieron, se acomodó al fondo, y mirándose en los espejos de los lados acomodó su cabello, el nudo de la corbata, y se alisó el traje azul marino que aún estaba pagando, cerró los ojos y después de tanto tiempo deseó volver a casa, no a la buhardilla que entonces compartía en la colonia Escandón con Paco y Andrea, si no a la de sus abuelos al norte de la Ciudad, a la sala amplia con piso de cemento donde jugaba bajo aquella mesa, construyendo con sus Lego barcos, fuertes, aviones…

“Si hubiera sido arquitecto mi puente ya se habría venido abajo, si hubiera estudiado medicina ya habría matado al paciente” pensó; a eso equivalía perder un caso, a darse cuenta de que uno no servía como abogado. 

Salió del edificio y miró aquella torre que se hallaba enfrente, un gigante de 30 pisos, todos los días la veía convencido de que alguna vez trabajaría ahí, “En ese último piso estará mi oficina, se decía”; ahora, palpando su realidad se contestaba “¿cuándo?, ¿cuándo el hijo de la señora que vendía elotes en aquella esquina del pasado va a tener un despacho así de grande?, no en esta vida, no en este país”.

Aunque llevaba prisa, prefirió ir andando al metro, bajó por Paseo de las Palmas con sus zapatos de suela de cuero resbalando sobre la banqueta donde aún se apreciaba el testimonio de la lluvia de madrugada: charcos y suelo mojado, el agua evaporándose del pavimento.  

En el vagón a San Lázaro quiso consolarse pensando que todo era mentira, que hubo un error al capturar en el sistema el resultado de su sentencia, que la empresa enemiga había comprado a los magistrados. La única certeza era que no sabía que tan mal lo tomaría su jefe, ¿le gritaría?, ¿llegarían a los golpes?, ¿lo despediría sin liquidación?, ¿o lo haría pagar el medio millón de pesos perdido, amenazándolo con cárcel?, si así fuera ¿cómo podría pagarlo?... ¿y si mejor huía? Se iluminó su mirada, ¿y si dejaba el trabajo tirado y volvía corriendo a casa?... Bastaba tomar un microbús, 40 minutos a casa de sus abuelos por la avenida Eduardo Molina…

Absorto en esos pensamientos, no reparó en que se había pasado de estación, por lo que tuvo que regresar de Moctezuma a San Lázaro, maldiciendo mientas bajaba y subía aquellas escaleras que tanto odiaba. 

Pagar medio millón ¿cómo si ganaba apenas seis mil pesos al mes?, ¿cuántos años tardaría?, ¿a quién podría pedirle prestado?

Atravesó la plazuela afuera del metro y se dirigió a los juzgados federales, en su camino miró a una docena de desempleados sentados sobre sus herramientas portando letreros con faltas de ortografía donde anunciaban su especialidad: yeseros, tablarroqueros, colocadores de pisos. Vio los rostros de esos viejos derrotados y se reconoció en sus ojos, mañana podría estar él también en el desempleo afuera de San Lázaro, sentado sobre sus libros y leyes con un letrero que anunciara ”Amparos, demandas, divorcios, intestados, plomería, gas y luz”.

Cruzó corriendo la parte donde nace la avenida Zaragoza y arrastrando los pies llegó a las puertas del recinto del Poder Judicial, un edificio enorme color rosado, de patios amplios y gruesas columnas, entró como pidiendo santuario en una catedral, y caminó a su destino, a su futuro. 

Un largo pasillo de piedra donde tropezó al menos dos veces lo llevó hasta el último acceso, al frente caía agua en una fuente desde lo que parecía un cañón cortado por la mitad, bajó las escaleras y llegó al sexto tribunal colegiado, pidió su expediente y se enfrentó a la sentencia, una montaña de 200 hojas impresas por ambos lados. Como saltándose para ver el final del libro o la película se fue a los resolutivos: “La Justicia de la Unión no ampara ni protege a Stanley, S.A. DE C.V., por actos…” Ahí estaba, su brillante carrera arruinada, 5 años en la universidad, las noches de desvelo; “si al menos hubiera puesto más atención en la clase de procesal, en la de amparo”, pensó, y comenzó a llorar, queriendo contener las gruesas lágrimas que corrían por sus mejillas, tenía los ojos rojos, la frente arrugada. 

Dejó apresurado el tribunal, no devolvió el expediente que quedó abierto sobre la mesa, tampoco recogió su credencial a la salida del edificio, el saco y la mochila se quedaron en una silla, la gente asumió que iba a atender una llamada urgente y por eso salía de esa manera; caminó por una acera levantada por las raíces de varios árboles, pensando en su pasado, en su adolescencia punk, pero sobre todo en su niñez, y se sintió feliz porque volvería a ver al abuelo, llegó a la intersección de Eduardo Molina y Zaragoza y apresurando el paso se arrojó ante un tráiler blanco, veintidós llantas pasaron sobre su cuerpo. 

Cerró los ojos y al abrirlos sintió el cuerpo pesado y caliente, miró a ambos lados, los asientos, los colores, la noche, y reconoció el vagón de metro de la línea roja, vio entonces las pulseras de estoperoles en sus muñecas, los parches anarquistas cocidos a sus pantalones de mezclilla. El tren estaba vacío, esperando en la penumbra de un túnel, descansando unos minutos para incorporarse de nuevo a la línea. 

lunes, junio 30, 2014

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